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Bocetos de economía

La era de los grandes desafíos



Los impuestos ya no son la cuestión clave de la discusión política y económica y, en este mundo post-crisis, los debates se centran en cuestiones que hace mucho tiempo parecían superadas: apertura o autarquía, globalización o proteccionismo, nacionalismo, guerras de religión, identidad…

Los impuestos han sido el caballo de batalla de las discusiones sobre política económica de la última mitad del siglo pasado. Así, mientras que las ideologías liberales se han decantado por un estado mínimo y cargas tributarias reducidas puesto que entienden que “quien mejor administra los recursos son los individuos” y que “el gobierno debería limitarse a prestar servicios públicos básicos”, los gobiernos socialdemócratas han apostado por el gasto público y por aumentar la presión fiscal como la mejor vía para la “redistribución de la riqueza” y para la aplicación de “políticas sociales”.

Todo esto colapsó tras la crisis financiera que se inicia en 2007 y que provocó la mayor recesión en las economías desarrolladas desde la crisis de 1929. Los “padres de la economía” Adam Smith (fundador del liberalismo económico), John Maynard Keynes (defensor de la intervención en la economía por parte del gobierno a través de políticas de demanda) han pasado a un segundo plano y emergía la figura de Milton Friedman (monetarista y defensor de las teorías que relacionan los tipos de interés, la cantidad de dinero en circulación y la inflación) como la única vía para, a través de la intervención masiva por parte de los bancos centrales generando liquidez casi ilimitada, evitar un colapso similar al de 1929 que fue el origen de la Gran Depresión que marcó los “tristes años 30” después de los “locos años 20”.

Ben Bernanke, un estudioso del crack del 1929 y de la Gran Depresión llegó al puesto de Gobernador de la Reserva Federal (Fed) y conocido como “helicóptero Bernanke” (puesto que este brillante economista de Harvard y del MIT acuñó la teoría de que, ante un colapso financiero, la única solución era inundar el mercado de liquidez provocando un efecto similar a lanzar desde un helicóptero cantidades ilimitadas de billetes de un dólar) hizo para lo que se había estado preparando en el mundo académico: inundar la economía de liquidez (a través del quantitative easing – QE) ante un shock financiero y evitar una gran depresión. Sin embargo, si bien esto lo logró (lo cual no es poco), no se vieron confirmadas las teorías de Milton Friedman en relación a la inflación. Según Friedman la inflación es una variable que depende de la cantidad de dinero en circulación. Sin embargo, a pesar de las ingentes cantidades de dinero inyectadas por los bancos centrales del mundo desarrollado, no se ha conseguido generar inflación. Los defensores de Friedman arguyen que ha faltado una variable de la ecuación: la velocidad de circulación del dinero. Esto es, la capacidad del sistema para, mediante el sistema bancario y crediticio, provocar la denominada creación de dinero por parte del sistema bancario: el crédito financia nuevo crédito. Puesto que los bancos se han dedicado durante la época postcrisis a reducir sus enfermos balances, esta contracción ha operado en sentido inverso al que los incrementos de la cantidad de dinero sugerían y la inflación no ha llegado (por el momento).

LOS NUEVOS DEBATES

Sin embargo, tal y como apuntábamos al inicio de la presente columna, los impuestos ya no son el caballo de batalla de la discusión política y en este mundo post-crisis los debates se centran en cuestiones que, como bien apuntaba Nick Clegg, ex vice primer ministro del Reino Unido en una reciente conferencia pronunciada en la escuela de negocios ESADE en su sede de Madrid hace mucho tiempo parecían superadas: apertura o autarquía, globalización o proteccionismo, nacionalismo, guerras de religión, identidad…

El antiguo consenso existente entre las generaciones más jóvenes ha dado paso a una sociedad polarizada fruto de la inseguridad, de la creciente desigualdad y de la falta de oportunidades en muchos casos a jóvenes que tienen la cualificación más elevada de la historia.

Una sociedad que probablemente se hallaba “narcotizada” por una economía de consumo con un exceso de materialismo derivó en insatisfecha en cuanto ese aparente bienestar se esfumó. Nace la desafección en las partes más vulnerables del cuerpo social y la tecnología se convierte en un extraordinario catalizador para que ese descontento se expanda gracias a la penetración y velocidad de las redes sociales.

Una opinión pública que cada vez está más desinformada (paradójicamente en el momento de mayor profusión de las tecnologías de la información y en la época en que más información fluye y con mayor rapidez de modo continuo) porque no se trata de cantidad de información sino de la capacidad de procesarla. No es lo mismo recibir una información, tener la capacidad de libremente asimilarla y reflexivamente llegar a su aceptación o rechazo que asumir como hechos todo lo que se recibe como compulsivo “input” en todo momento, a todas horas, por parte de las redes sociales, en las que frecuentemente viaja una información sin contrastar, en muchos casos falsa e interesada. Curiosamente, una sociedad con la mayor capacidad de acceso a la información se muestra hoy mucho más vulnerable y manipulable (menos libre) por aquellos que “venden” soluciones fáciles para problemas difíciles. Es esa, probablemente, una de las mejores definiciones de populismo.

Sin la crisis financiera probablemente hubieran sido imposible situaciones como el Brexit, o la llegada de Trump a la Casa Blanca, el ascenso de los partidos de la ultra-derecha en Francia (Le Penn), Austria o Alemania así como de partidos de extrema izquierda o antisistema como Podemos en España, el movimiento Cinco Estrellas en Italia o los actuales gobiernos de Portugal y Grecia. Tampoco manifestaciones nacionalista-secesionistas con un fuerte componente populista como las sucedidas en Cataluña se habrían producido en una sociedad que se ha quedado sin referencias expuesta a mensajes simples que son rápidamente asimilados puesto que es más fácil (al menos durante un tiempo) vivir en el error que afrontar la realidad, sobre todo si esta es peor que a la que estábamos acostumbrados. Las próximas generaciones de los países occidentales serán las primeras, desde la segunda guerra mundial, que vivirán peor que sus padres y no estábamos preparados para ello.

LOS OTROS DEBATES

Mientras las sociedades occidentales se fracturan y surge un descontento generalizado y desafección hacia las clases dirigentes, surgen focos de tensión también desde los países no desarrollados. La crisis de los refugiados en Europa quizás sea el factor que mejor muestra cómo un shock externo puede influir en una opinión pública como la alemana. Europa se encontró con el gran problema de la masiva afluencia de millones de personas que huían de países en guerra, asediados en la mayoría de los casos por terroristas radicales islámicos que han hecho de su “cruzada” contra occidente la razón de su existencia. Ello ha dado lugar a que a las puertas de Europa se haya concentrado la mayor afluencia de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial. Todo un reto.

Como Nick Clegg (británico, europeísta y contrario al Brexit) apuntaba en su brillante conferencia, Europa no debe caer en la complacencia y ha de hacer frente a algunos factores esenciales para la pervivencia del proyecto europeo: “desterrar la burocracia y la parálisis institucional, culminar una arquitectura institucional incompleta (contraste entre países del norte austeros y países del sur endeudados) para lo cual es preciso aparte de la consabida disciplina fiscal la mutualización de la deuda, lo que solo es posible con una Alemania mucho más flexible y transigente. Finalmente, control y gestión de las fronteras a través del reforzamiento de una política común de defensa adecuadamente explicada a los ciudadanos”.

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